“Fausto”, de Tomaz Pandur

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Lo primero que vi de la obra de Tomaž Pandur fue un trailer de Inferno, y lloré como quien se ahoga.
Fue hace demasiado poco, y el ansia y la impotencia me devoraban la cordura al saber que desde Inferno me he perdido demasiadas ceremonias.

He esperado Fausto como quien aguarda a una reina inmortal y demente.

Sed. Pienso en Fausto y sólo tengo sed. La imaginería sacra de Pandur tiene algo que te araña las entrañas, las raíces subterráneas del dolor y del deseo. El sistema nervioso titila como una supernova y se estremece, y las percepciones se materializan en una desaforada serie de anhelos: quisiera respirar cada día sobre ese escenario, quisiera vivir asaeteada por esa luz que aúna lo angélico y lo atroz. Quisiera mancharme con ese polvo que conforma la inmundicia mística del mundo, helarme en esas aguas, jurar cada día con la lengua bañada en sangre, aullar como una poseída, como una iluminada. Lo simbólico, lo sensual, lo mitológico, lo eterno, lo sagrado se despliega en las obras de Pandur y reclama un trono invisible que se manifiesta en cada elemento escénico, anida en cada actriz y actor y hace de su cuerpo un instrumento y un altar al servicio de algo pavoroso y verdadero. Cada instante es una coreografía perfecta. Cada gesto responde a un propósito de flecha ineludible. Cada canto y nota reverbera entre las venas como un sistema solar hecho de aluminio y cristal.

En Fausto el demonio es múltiple, es padre (Víctor Clavijo), madre (Ana Wagener), hijo (Pablo Rivero), hija (Marina salas) y sacerdote (Emilio Gavira) y tiene voz artera y fina, pero a veces se hastía en los laberintos humanos y se siente exhausto, demasiado eterno, demasiado recubierto de cenizas. Roberto Enríquez regresa dejándose la piel y transitando la soledad del genio que desea un jardín mientras se petrifica.

En Pandur, la belleza puede erigirse en cualquier parte; puede ser estúpida, divina, bestial o inocente, pero jamás es pura.
He acudido a él y seguiré acudiendo porque sé qué aguardo, porque busco el templo y el puñal, la aureola férrea y la serpiente.

Que cada nueva obra de Pandur encuentre en mí su sacrificio.

 

(Fotografías de Aljosa Rebolj)

 

© Aljosa Rebolj

© Aljosa Rebolj